Siempre me resultó muy curioso el concepto artístico de naturaleza muerta… De muy chiquita me preguntaba cómo era posible hablar de “naturaleza” y de “muerte” de manera concatenada, como si la muerte no fuera también parte de la vida… En aquel entonces me resultaba contradictorio, no podía entenderlo…
Recuerdo que en la escuela me pedían cada tanto que pintara una escena de este estilo y yo lo hacía, no sin berrinchear un poco. Después de todo, ¿qué sentido trascendente podía tener inmortalizar frutas, unas pocas flores en un florero, libros a veces, velas sobre una mesa…? A mis 33 años, la respuesta sigue sin estar del todo clara; no obstante, sucesos de los últimos tiempos me ayudaron a comprender que el sentido es siempre personal…
Los últimos 5 años de mi vida me han forzado -considero que no de la manera más gentil- a cambiar de piel, a dar por tierra con todo aquello que de chica había imaginado que iba a ser mi vida, e intentar imaginar un futuro diferente sin modelos terminados.
Se trató de una época de resignificaciones muy profundas que incluyeron a la vivencia del amor y del desamor, el cómo se arma familia, el hogar y cómo se arma un hogar; y también, como si fuera poco, mi llamado vocacional.
Recuerdo que era tal la sensación de derrumbe, que por momentos me invadía la desesperación, la necesidad de que al menos una cosa en mi vida permanezca. Y alguna que otra cosa retuve, aferrándome.
Hoy estoy en condiciones de afirmar que ni siquiera esas poquitas cosas a las que me aferré están quedando ya en pie. Fueron algo así como pequeñas muletillas que el destino me permitió conservar un poquito más. Pero, como todo par de muletas, una vez que cumplen su propósito, deben ser dejadas a un lado. Llegado a un punto del camino, el mismo destino que permitió conservarlas, te pide que las sueltes.
Tengo la sensación de estar viviendo un momento muy bisagra; de mucha conclusión y de mucho inicio a la vez. Tanto que mi vida hoy, así como está, tiene mucho de naturaleza muerta, pero mucho de naturaleza viva también. Y es así como el desierto florido, una vez más, me regala la metáfora perfecta. Por primera vez se me hace necesario y trascendente retratar este sentir, con el propósito de honrar la memoria de todo aquello que en mi vida fue, pero también bienvenir todo aquello que en mi vida será.
Empieza un nuevo viaje hacia un nuevo tapiz.
Con pasión,
Caray Rocío


