Hoy inauguro lo que espero sea una extensa y apasionada serie artística que llamo “Cuidado, emergencia de flores en el desierto”.
Se que son tiempos difíciles. Que en un contexto como este es tan insensible como insensato hablar de optimismo, o al menos de esa clase de optimismo que niega la realidad de la pérdida y del dolor. Por eso hoy elijo hablar de la resiliencia, que para mi no es otra cosa más que la cara luminosa de la resistencia. Es que hay momentos en la vida en los que no queda más que apretar los dientes… con esperanza… pero apretar los dientes al fin y al cabo. Des-esperar hasta que el dolor pase, hasta que la herida cure, en el mejor de los casos.
La pandemia nos trajo una larga lista de adversidades. La más dolorosa quizás sea la pérdida de seres queridos; pero la lista sigue…
Perder el trabajo, que un sueño se trunque, que un emprendimiento fracase, quebrar, darnos cuenta -de repente- que el amor se había terminado, y que una pareja finaliza su viaje. No poder ir a la escuela, a la facultad, al club, a tu clase de “inserte-pasión-aquí”, no poder -en definitiva- reencontrarte con tu gente querida. Guerras que inician. Líderes inmorales. Y todo esto, sumado a la habitual injusticia social y violencia institucional de este sistema que estalla, en decadencia.
Si bien este es nuestro dolor hoy, siento que se viene gestando hace un montón… solo que ahora nos encontramos, por así decir, en la cresta de la ola. Lo sabemos hace años, mis pesadillas y yo. Esas pesadillas que con el tiempo se transforman en un secreto entre la almohada y una misma.
Un secreto porque ni las obras completas de Freud te alcanzan para entenderlas, explicarlas, o transmitir siquiera lo que te hacían sentir… hasta que el escenario de tu vida te las empieza a mostrar de frente, en estado de vigilia, en la calle, en tu vida, en la TV, y lo sabés… esas pesadillas te estaban preparando.
La resiliencia es una virtud; y consiste en la capacidad de atravesar una circunstancia traumática, lidiar mental y emocionalmente con ella, con la confianza de que saldremos adelante a pesar de todo, para luego sobreponernos, retornar. Pero ese retorno, a diferencia de lo que muchos libros de psicología positiva sugieren, nunca será a un “estado original”. La vida me enseñó que ese retorno -cuando hay retorno- es siempre transformados. Es que ya jamás seremos los mismos.
Es por todo esto que, inspirada en el fenómeno del desierto florido, creo tapices que ilustran el surgimiento de flores en oníricos terrenos desérticos. Y esto es clave… ya que no se trata del desierto figurativo, sino que del desierto onírico; la clase de desierto que podríamos encontrar en el país de las maravillas o en la fábrica de Willy Wonka.
Esta es la metáfora y el mensaje que quiero regalar al mundo. Estamos en estado de emergencia. Y es por eso imperioso recordar que aún hay esperanza; y que la inspiración, la pasión y la vida pueden conquistar incluso los momentos y lugares más hostiles.
Soy una convencida de que el amor es mucho, pero mucho, más fuerte.
Con ilusión,
Caray Rocío


