Hoy me gustaría hablarles sobre el oasis, que es a la vez también mi singular manera de vivir el proceso creativo.
Cuando trabajo en una obra, sin importar de qué obra se trate, el denominador común es siempre el mismo: el camino subjetivo que he de transitar para poder darla a luz. Sé como empieza… y creo saber también cómo va a terminar. No obstante, el proceso siempre termina por frustrar toda expectativa personal de control. Sin importar cuántos bocetos haga, ni cuánto trate de planificar el devenir, hoy entiendo que jamás podré saber cómo va a terminar una obra, ni cómo voy a terminar yo luego de atravesarla. Es maravilloso -y un poco estresante, para ser franca- ver cómo sus formas, cuidadosamente planificadas en el boceto, se transforman delante de nuestras narices (si nos arriesgamos a romper el plan) en algo mucho más hermoso de lo que habíamos imaginado, luego, durante el proceso de realización; así como también experimentar que el sentido personal de una obra se re-significa incluso luego de haber sido finalizada… ¿Finalizada? ¿Será que alguna vez finalizamos? ¿O será una ilusión? Me pasa con el tapiz que publiqué la semana pasada, y me pasa también -hasta el día de hoy- con dibujos realizados hace ya más de 10 años atrás.
Y esto que me pasa en el arte, también me pasa en la vida. Soltar el control, perderlo a voluntad, es angustiante en extremo. Así y todo, la trama de la película de mi vida me recuerda, una y otra vez, que es en medio del vértigo que lo bello se desnuda, que el deseo se nos revela. Se preguntarán qué tiene que ver el oasis con todo esto…
El oasis tiene dos estadios, y la elección de pasar del primero al segundo será personal e involucrará la libre elección de soltar o no soltar el control; o como diría Hamlet, de «ser o no ser».
El primer estadio del oasis suele ser aquel espejismo bocetado cuidadosamente por nuestro ego. Es de una artesanía perfecta, y nos tienta con la promesa de suplir todas nuestras expectativas y carencias más profundas. El engaño del primer estadio del oasis es tan perfecto, que será difícil escapar. A veces, como el diablo, se disfraza de un falso propósito de vida que nos exige el alma a cambio. Y en el momento en el que creemos estar poniendo, por fin, pié sobre él -justo en el momento en el que más lo necesitamos- se desvanece bajo nuestros zapatos agotados de patear la arena infinita. Y ahí tenemos dos opciones. Levantar la vista hacia el horizonte en búsqueda de un nuevo espejismo que perseguir, o descubrir de manera súbita e inesperada, y con lágrimas en los ojos, que lo que tenemos delante es una pantalla en la cual proyectamos de manera continuada esa película que nos calma -nuestro ideal de completud- con el objetivo de evitar la angustia que implica reconocer que esa completud no es posible…
Trascender el primer estadio del oasis equivale a quebrar la pantalla montada en medio del desierto por nuestro ego. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de quedar empastados en el mismo lugar, ausente de angustia, sí, pero colmado de inercia. Esto requiere demasiado coraje… y por eso entiendo que muchas personas decidan no dar este paso, por muy sano que sea. Pero lo ideal sería… estrellar esa pantalla en mil pedazos, romper el boceto idealizado por nuestra imaginación para poder por fin descubrir qué es lo que nos estuvo esperando detrás todo este tiempo.
Es sólo así que arribamos al segundo estadio del oasis. Es allí donde encontraremos nuestro verdadero propósito… que, a diferencia del falso, no tiene forma. Se trata de energía pura esperando ser canalizada para que pueda emerger una versión más creativa de nosotros mismos. El verdadero propósito de nuestra vida, lejos de exigirnos el alma a cambio, nos la agita por completo, y en ese movimiento nos deja hechos un lío… es justo aquello que no podremos definir ni asir del todo, pero que nos puja intensamente y hace que nuestro corazón lata más fuerte, con la desesperada violencia de querer lanzarnos… incluso al enfrentarnos con la única certeza posible: que las garantías son, en verdad, un espejismo.
La felicidad no es un lugar al que llegamos, así como tampoco lo es el segundo estadio del oasis. Se trata más bien de una experiencia. Hoy más que nunca me parece muy acertada esta célebre y anónima frase brasileña: arriscar é ser feliz na tentativa; es decir, arriesgar es ser feliz en el intento.
Con pasión y compasión,
Caray Rocío


